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Agracedimiento al Conde de Sandwich

 
 

Sandwich es un poblado inglés de unos 4500 habitantes, cuyo nombre sería ignorado como tantos otros si no fuera por un hecho fortuito que lo catapultó sobre todas las fronteras.

Se cuenta que corría el año 1762, y aunque comenzaba la Revolución Industrial y se gestaba la Revolución Francesa se acostumbraba vivir vidas más lentas que las actuales.

Una noche de entonces John Montagu, cuarto Conde de Sandwich, jugaba a las cartas con amigos cuando sus sirvientes le anunciaron que "estaba la comida".

Pero ni esa necesidad tan básica fue capaz de arrancarlo de su empecinamiento en ganar la partida, y el momentáneo conflicto le encendió la idea que lo lanzaría a la historia con un poder que no tuvo ningún acto de su gobierno: pidió que en vez de esperarlos en otra mesa les colocaran rebanadas de carne entre dos mitades de pan y se las trajeran mientras continuaban el juego.

No es del todo seguro que haya sucedido así. Se habla de que pudo ser una calumnia deliberadamente inventada; ya que, como todo personaje público, tenía opositores que se desvivían por difamarlo.

¿Qué había en esto de difamatorio? Se supone que por entonces se consideraba digno de la nobleza comer pomposamente y con refinados modales. Tampoco se aprobaría que un noble practicara esos juegos, y menos todavía que en vez de ir a la mesa con la compostura del caso tomara la vulgar decisión de coger la comida con una mano mientras manipulaba naipes y tal vez dinero.

Si el cargo de Conde hubiera sido electivo, habría habido un brusco cambio en las intenciones de voto.

No se sabe qué más pasó con su vida ni con su obra; pero la idea de comer de esa manera trascendió a los movidos siglos posteriores.

Por las curiosas vicisitudes que ocurren con todo lo nuevo, a la hora de adquirir un nombre se le impregnó el de su lugar de origen.

Así es como ese ignoto pueblo está hoy en boca de todo el mundo.

Caprichosamente, los que traducen películas al español se empeñan en sustituir "sandwich" por "emparedado", como si la gente de habla hispana dijera en la vida real una palabra tan extraña, que para peor sugiere que morderemos algo extremadamente duro.

Lo importante del caso, y el motivo por el que agradecer desde este sitio a aquel conde, es la actitud que afloró en ese segundo de decisión: claro que hace falta comer, pero hay tantas cosas más que valen la pena...

Puede que jugar a las cartas no esté entre las más valorables. Pero es valorable, y mucho, su motivación: estar entusiasmado con lo que se hace, y darse cuenta de que cuando estamos entusiasmados es cuando realmente vivimos.

Entre la amplísima diversidad de lo deseable está la comida. Decidir vivir es entre otras cosas cocinar con alegría, y hasta dedicarle mucho tiempo cuando es una satisfacción y no una carga; pero la gran prueba de que decidimos vivir más allá de una o dos satisfacciones es el momento en que decimos "hay otra cosa" y somos capaces de no comer, o de comer improvisadamente, manteniendo el entusiasmo de hacer lo que elegimos hacer.

Como embellece la vida llegar a la casa de alguien que nos preparó el mejor manjar que podía, también la embellece reunirse cuando no lo teníamos pensado, celebrarlo como una oportunidad de que nuestra vida sea más vida, y si mientras tanto se quiere comer hacerlo sin complicaciones adicionales, disfrutando de estar juntos y de improvisar, sin que irrumpa y enturbie ese momento la despótica inquietud por "comer como se debe".

Puede existir una dieta ideal que nos haría bien en todos los aspectos. Pero no es algo que "se debe": es algo que conviene. Cada uno puede elegir qué prioridad darle a esa conveniencia entre todas las otras.

No está mal cuidar la salud, pero como somos humanos, o sea algo más que un estómago con un cerebro destinado a cuidarlo, podemos cuidarnos también, y más que "también" en primer término, de no desperdiciar la vida y todo lo que podemos hacer con ella.

Sepámoslo: tal vez vivamos menos años que quien todos los días a la misma hora detiene el mundo para preparar alimentos que cumplan rigurosamente las mejores normas; pero ¿cuánto menos vivirá él, que con ese objetivo abandonó otras posibilidades que estaban igualmente a su alcance? ¿Cuál de todas esas posibilidades haría la vida más grande, independientemente de su longitud?

La tierra, el agua y el aire están llenos de criaturas que comen y que se cuidan. Nosotros podemos agregar a este concierto una nota más alta y jamás escuchada: podemos ser además criaturas que se preocupan, que forman y transforman sociedades, criaturas que sueñan, trabajan, crean, se divierten y ríen, criaturas que además de conservar la vida la aprovechan.

¿Cuánto de todo eso aceptaríamos interrumpir para cocinar? ¿No puede coexistir cualquiera de estos actos exclusivamente humanos con el de comer, aunque sea descuidada y "desordenadamente"?

¿Cuántos desórdenes o descuidos más profundos se cometen a diario en nombre de eso a lo que suele llamarse necesidades, como si la de ser humanos no estuviera entre las más grandes?

Recordando el mini-poema japonés "Admiro al que ve un relámpago y no piensa en la fugacidad de la vida", en este caso correspondería decir "Admiro al que deja de cocinar sin preocuparse por cuáles irán a ser las consecuencias".

Hagámonos una pregunta mucho más trascendente de lo que aparenta: "¿Soy de los que se alegran o de los que se entristecen ante un sandwich?".

Si nos reconocemos espontáneamente en el primer grupo, habitaremos también en el de los que deciden vivir.

 

 
 
 
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