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El mito de la rutina

 
 

A la hora de pensar en las amenazas que se ciernen sobre nuestra posibilidad de vivir bien, todos trazamos aproximadamente la misma lista de males ante los que no queremos vernos: la soledad, la enfermedad, la pobreza, la pérdida brusca de la vida, de alguna capacidad o de alguna posesión, etc.

Pero a menudo el cine o la literatura nos presentan obras pretendidamente dramáticas sustentadas únicamente en la confrontación de los personajes con estos males, y nos parecen un tanto vacías, superficiales, incapaces de concebir otro drama que los cambios materiales y bruscos.

Porque podemos transitar largos tramos de la existencia a salvo de esos estallidos de adversidad sin que por esto se nos ocurra decir que vivimos bien.

Porque, a no ser que seamos más vegetales que humanos, nos damos cuenta de que la vida tiene que ser algo más, y no nos resignamos a conformarnos con que “no nos pase nada malo”.

Como las buenas novelas o películas, quien quiere ver en profundidad descubre que hay drama, que hay aventura, allí donde a primera vista no ocurre nada.

Que “no nos pase nada malo” está bien para empezar, pero de ninguna manera satisface nuestras más íntimas aspiraciones.

Si miramos en profundidad nos damos cuenta de que el verdadero drama humano no nace (como en las telenovelas) de las enfermedades, de los accidentes, de la maldad ajena ni del amor no correspondido, sino del hecho de que no pase nada.

En la lucha contra el drama de que no pase nada, una lucha que no todo el mundo decide encarar, cada uno puede darse distintas respuestas sobre qué quiere que pase para que su vida sea como quisiera.

Y en medio de esas alternativas nos entrecruzamos con un villano que suele empeñarse en ingresar al drama de la existencia; un villano al que, como a todos los seres peligrosos, conviene prestarle atención: la rutina.

Porque, ni bien le prestemos atención, nos daremos cuenta que ese villano finge tener un arma entre su ropa para que nos asustemos y le entreguemos todo. Nos daremos cuenta de que el peligro no está en él: sino en el miedo que le tengamos.

Muchas veces empeora (para ser más exactos, empeoramos) nuestra vida por el solo hecho de que imaginamos un peligro donde no lo hay.

Si no nos damos cuenta de que quien quiere intimidarnos es inofensivo y el verdadero peligro está en nuestro miedo, el resultado será el mismo que si usara un arma real: tendrá poder sobre nuestra vida y hará lo que quiera con nosotros.

Lo mismo ocurre con esa palabra que se pronuncia casi con terror: la rutina.

El término rutina se refiere simplemente a la repetición de sucesos.

La repetición de sucesos en sí misma no nos parece un mal. No nos parece mal ver cada día a los seres que queremos; no nos parece mal que cada día salga el sol ni que dispongamos de alimentos.

En síntesis, no nos molesta ni preocupa que se repitan los sucesos agradables.

En cuanto a los sucesos desagradables, nos disgustan aunque no se repitan.

La raíz de ese casi terror parece tener relación con la repetición de acciones propias.

Nos disgusta hacer siempre lo mismo. Incluso lo que en un tiempo nos gustó empieza a disgustarnos si lo repetimos indefinidamente.

Si hay un antónimo, una antítesis de la rutina, todo indica que tiene que ser la novedad.

El espíritu humano (en la medida en que esté despierto) se alimenta de novedad.

Pero sucede que la novedad, como todo lo deseable, tiene su precio. Y la ausencia de lo deseable se debe, casi en todos los casos, a que faltó disposición a pagar su precio.

Y puede decirse que la novedad tiene un precio en el área individual y un precio en el área social.

En el área individual, en lo que respecta a lo más profundo de nuestro ser, sucede que tendemos a hacer siempre lo mismo cuando no sabemos a qué otra cosa pasar. Y no sabemos a qué otra cosa pasar cuando no sabemos qué es la vida.

Puede parecer un problema demasiado “grande” cuando lo que intentamos es simplemente no aburrirnos. Pero resulta que las raíces del aburrimiento son profundas, y no se cortarán si le suponemos causas superficiales.

Lo que sí podemos hacer, o recomendar a quien no quiera aventurarse a respuestas difíciles y lejanas, es preguntarnos qué nos gustaría en lugar de “eso” que hoy nos disgusta repetir.

Tal vez moviéndonos en pos de lo que nos gustaría vayamos rumbo a las grandes respuestas que por ahora nos abruman.

Si nos parece mucho preguntarnos qué es la vida, preguntémonos simplemente qué queremos que sea nuestra vida.

De ahí en adelante, sea sabia o no nuestra respuesta, podemos empezar a modificar nuestra vida actual para transformarla en la vida que queremos.

Si “simplemente” hacemos esto, ya habremos salido de la rutina.

Pero como esto tiene un precio que hay que pagar, al que hay que atreverse, abundan los que prefieren continuar como estaban, y decirse que la rutina es una cárcel de la que nadie escapa, o un asaltante con un arma real, que verdaderamente puede hacernos daño.

En este corazón del problema se cruzan el área individual y el área social.

En esta área se suele odiar la rutina laboral, la obligación de hacer todos los días lo mismo para ganarse la vida.

Como la vida es deseable, hacemos lo que haga falta para sustentarla. Pero lo que hace falta resulta a menudo indeseable

La más de las veces, no es indeseable por ser feo, incómodo o contrario a nuestros instintos: nos resulta indeseable por ser una repetición de lo mismo.

Pero ¿quién nos obliga a hacer siempre lo mismo?

Abundarán los que contesten que “es una obligación laboral”; nos obliga nuestro empleador, porque “nos paga por hacerlo”.

Ante esta respuesta cabe preguntarnos ¿es que en esa empresa, o en algún otro lugar, no se le paga a nadie por hacer otra cosa?

Nuestra única obligación es no vivir a costa de otros. Partiendo de allí, las actividades por las que alguien nos pague pueden ser infinitamente diversas. Sólo hace falta que nos capacitemos para ellas e intentemos iniciarlas.

Si en nuestra juventud descubrimos que alguien nos pagaría por algo fácil, como, por ejemplo, pasar una escoba por un piso, fue bueno hacerlo. Pero ¿de dónde sacamos que va a ser bueno hacerlo toda la vida? O, si empieza a aburrirnos ¿de dónde sacamos que no sea posible hacer otra cosa?

Si pasan los años y nunca somos capaces de hacer algo más, o aunque seamos capaces no se nos ocurre empezar, no es responsabilidad de nuestro empleador, ni de la sociedad, ni del mundo: es exclusivamente responsabilidad nuestra.

En el momento que queramos podemos empezar a hacer otra cosa. Y si no sabemos cómo se hace, o no encontramos ya mismo quien nos pague por hacerla, seguimos teniendo toda la posibilidad de empezar a intentarlo.

En ese preciso instante habremos dado muerte a la rutina.

Dar muerte a la rutina es una actitud interior. No significa forzosamente que podamos en el 100% de los casos eliminar el 100% de las tareas repetitivas.  Sin  embargo, podemos estar repitiendo acciones sin vivir atrapados mentalmente en el mundo de la repetición.

Si nuestra mente y nuestro sentimiento están creando, imaginando, buscando caminos, no nos molestará de ninguna manera encarar mientras tanto tareas repetitivas sobre el mundo exterior. 

Como escuchamos tantas veces, el camino de la felicidad no consiste exclusivamente en ser capaz de modificar el mundo, sino también, y paralelamente, en ser capaz de independizarse de cómo es o deja de ser el mundo.

Sin perder de vista esa relatividad de nuestra acción sobre el mundo, podemos realizar alguna tarea repetitiva sin creernos rutinarios ni prisioneros de la rutina, porque en lo más profundo de nosotros sabemos que estamos dirigiéndonos hacia lo que queremos, trabajando por un objetivo mejor que el actual estado de cosas.

Evidentemente, hay riesgo de que en algún caso no consigamos lo buscado. Más precisamente, de que no lo consigamos tan pronto como quisiéramos.

Por eso, abundan los que no hacen nada para salir de donde están, los que prefieren creer que aburrirse es una obligación, que la rutina nos atrapa contra nuestra voluntad y que no nos libera en ningún caso.

Para subirse a un barco hay que sacar los pies de la tierra, y para disfrutar del lugar al que se arribó hay que volver a moverse y sacar los pies del barco.

Si cada paso nos da miedo, si nos asusta la posibilidad de dejar algo por el simple y natural hecho de que no sepamos qué va a venir después, estaremos perdiéndonos por decisión propia todas las posibilidades de vivir como queremos vivir.

Es feo vivir de una manera que no queremos, pero más feo aun es saber que nos ocurre porque no hicimos nada al respecto.

Existe la posibilidad de hacer algo, pero implica algunos riesgos que asustan; porque en la vida que llevamos mantenemos cierta seguridad de que “no nos pase nada malo”, y en otro tipo de vida no sabemos qué pasaría.

Entonces, como salir de las dos fealdades es más difícil, mucha gente prefiere salir de una sola, ocultarse a sí misma el factor de no haber hecho nada al respecto, y creerse condenada a una vida que no le gusta porque “no hay más alternativa” que vivir así.

No existe la rutina: existen los rutinarios.

 
 
 
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