1: Es posible que más que una afirmación sea una especie de interjección, un arranque emocional, una queja del autor ante un mundo que le disgusta y lo maltrata.
Es la razón de ser de muchas expresiones del arte, especialmente en el área de la canción, y muy especialmente en el tango.
Ese estado de disgusto fue expresado, en el caso de Discépolo, con una enorme capacidad poética.
Pero admirar la capacidad de alguien, e incluso compartir su sensación ante el mundo, no obliga a estar de acuerdo con cada cosa que haya dicho.
La poesía de los poetas es admirable independientemente de sus actos, ideas o creencias.
Fue un gran poeta Leopoldo Lugones, aunque eligió morir en lugar de vivir.
Fue un gran poeta José Hernández, aunque despreciaba a los negros y a los indios y creía que nunca nadie le ganaría un juicio al Estado.
2: Cabe la posibilidad más profunda y filosófica: que el autor quiera mostrar la verdad a sus semejantes, sin más ni menos finalidad que ésa: la intención de que otros seres conozcan la verdad.
Esta posibilidad engendra a su vez un cortocircuito filosófico que la conduce a su autodestrucción: si es posible que haya un hombre, aunque sea uno solo, con un afán sincero y desinteresado de que los demás conozcan la verdad, entonces el mundo no es una porquería.
3: Queda otra posibilidad: que lo diga porque le satisface decirlo, para llamar la atención, para atraer oyentes o para ganar dinero. En síntesis, por conveniencia propia.
En tal caso no habría por qué tomárselo en serio: para ganar dinero o por otras conveniencias propias se dijeron en este mundo infinidad de mentiras. |