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La personificación de las circunstancias o el "efecto padres"

 
 

Cuando, a poco de nacer y de pasar nuestros primeros tiempos a fuerza de instinto, la maduración de nuestras facultades nos permite albergar alguna idea, la primera que se forma en nuestra mente es la de que tenemos padres.

No lo pensamos con demasiada precisión; pero “sabemos” que vivimos con seres que nos dan lo que necesitamos, que acuden cuando lloramos y que nos hacen sentir bien.

Esto es lo esencial de esa convicción, independientemente de la diversidad de circunstancias en que pueda nacer cada individuo y de qué padres o sustitutos puedan tocarle.

A medida que la idea adquiere más detalle, nos dice que de esos seres depende nuestro bien o nuestro mal, que ellos tienen todo el poder sobre lo que recibamos o dejemos de recibir.

Este núcleo de la idea dejará una poderosísima huella en nuestra vida posterior; porque no sólo es la primera idea que nos apareció, sino que lo hizo rodeada, impregnada, por toda nuestra capacidad de sentir. Alrededor de la figura de nuestros padres no sólo está la convicción de que ellos lo determinan todo, sino el amor que desde nuestro arribo al mundo empieza a nacer en nosotros.

Esa huella inicial se verá luego ante derivaciones tan variadas como son variadas las vidas concretas de los seres; pero no es difícil ver que en toda esa variedad hay rasgos más o menos constantes.

El principal es que algún día nuestros padres, hasta entonces siempre listos para darnos todo, dirán no a alguno de nuestros pedidos.

Suele constituir el primer gran drama para cualquier niño. Descubrimos con pavorosa conmoción que esos seres no hacen todo lo que queremos. Tiembla nuestro mundo hasta entonces confortable y seguro, y hasta tambalea nuestra convicción de que nos quieren.

Este drama puede resolverse bien o mal. Claro que es muy poco lo que a esa altura podemos hacer para nuestra formación. Todo está, por el momento, en manos de nuestros padres.

Si se resuelve no demasiado mal, y proseguimos con las etapas que generalmente sobrevienen a todos, llegará el día, también conmocionante, de descubrir que nuestros padres no son todopoderosos: no pueden conseguir que todos los sucesos del mundo (a esa altura habremos aprendido que existe “el mundo”) obedezcan a su voluntad.

Por entonces ya estará en plena marcha nuestro aprendizaje, que gradualmente irá pasando de la responsabilidad de nuestros padres a la nuestra.

El gran desafío, para algunos el gran drama, es precisamente eso: en algún momento todo debe pasar de la responsabilidad de nuestros padres a la nuestra. En algún momento necesitamos empezar a depender de nosotros mismos.

El hecho de que lo necesitemos no quiere decir que siempre lo hagamos. De ahí la posibilidad de que, por culpa de los padres o por la propia, unos seres se superen y otros se perviertan.

Son inconcebiblemente variadas las posibilidades de cada vida; pero lo destacable en este caso es que prácticamente en todas quedó una impronta, más parecida a una sensación que a un conocimiento: hay en torno a nosotros voluntades de las que depende nuestro bien y nuestro mal.

Esta impronta no sólo es poderosa por ser la primera en instalarse en nosotros, sino por estar impregnada con nuestros sentimientos más profundos.

Aquí viene el centro del problema, el gran desafío que se nos presenta cuando, ya por nuestra propia cuenta, debemos relacionarnos con el mundo: podemos darnos cuenta de que esas voluntades de las que depende nuestro bien y nuestro mal son una sensación del pasado, que no toda la realidad funciona así, o, si no maduramos o no intentamos madurar, seguir sintiendo que todos los sucesos del mundo dependen de voluntades todopoderosas que “nos quieren” o “no nos quieren”.

Es un esquema simple e infantil. El calificativo de infantil no sugiere exclusivamente ingenuidad o inexperiencia: sugiere también la profundidad, la fortaleza de lo que se impregnó en nosotros en el principio de nuestra vida.

Si no se nos grabó lo que nos mostraron aquellas primeras experiencias conmocionantes: 1) las voluntades externas no siempre coinciden con nuestros deseos, y 2) las voluntades externas no tienen un poder absoluto sobre la realidad, y no descubrimos, además, que no todo lo que ocurre depende de “voluntades externas”, podemos proseguir nuestra vida como seres inmaduros, “viendo” alguna voluntad oculta tras cada fenómeno que nos rodee.

El hecho de que llueva cuando no queremos nos despertará el sentimiento de que alguien decidió eso “para nuestro mal”. El mal funcionamiento de una máquina nos llevará a pensar que “está empeñada en enfurecernos”. El resultado de un encuentro deportivo puede sugerirnos que hay una voluntad poderosa moviendo los hilos para que todo sea como a ella le conviene.

Más adelante, cualquier insatisfacción en el área socioeconómica nos “convencerá” de que “el gobierno” determina que las cosas sean así, que “no nos quiere” como debiera querernos, y la consecuencia será el resentimiento, el odio hacia dicho gobierno (y posiblemente hacia todos los que le sucedan).

En todos los casos se juzgarán las circunstancias a partir del supuesto fundamento de que “alguien” quiere que las cosas sean así.

En esto se adivina la perspectiva de que en vez de adquirir capacidad para modificar la realidad, individual o colectiva, derivemos hacia una creciente incapacitación, con todas las consecuencias que son de imaginar.

Si luego descubrimos que el gobierno del país no puede hacer toda su voluntad debido a cómo anda el mundo, nos imaginaremos un “gobierno del mundo” constituido por grupos o naciones que sí pueden todo lo que quieren, para beneficio propio y para mal de los demás, entre los que siempre nos incluiremos nosotros.

Y si esto es así y nadie lo impide, empezaremos a figurarnos el “gobierno del universo”, Dios, como incomprensiblemente diferente de lo que debiera ser.

Tal vez muchas concepciones religiosas disten enormemente de las enseñanzas que les dieron origen, tergiversadas por las inclinaciones subjetivas del ser humano, entre las cuales el efecto padres cumple un rol preponderante, y se remodelen ideas de acuerdo al gusto de los que le dirán “sí” a la creencia que satisfaga sus inclinaciones más íntimas.

Ante la dificultad de concebir una parte de la realidad que no se conoce, se tiende a compararla o asociarla con una parte conocida. Pero esa asociación es en algunos casos demasiado exagerada, y en vez de ayudar a conocer lo desconocido lo desfigura hasta tal punto que en realidad dificulta su conocimiento.

Tal vez la mayor exageración al respecto ocurra con la idea de Dios, reiteradamente concebido “a imagen y semejanza” de un padre de este mundo, con finalidades y sentimientos demasiado parecidos a los de una persona.

Por el mismo procedimiento, todo nuestro universo puede llegar a quedar “personificado”, poblado de voluntades poderosas ante las que no podemos hacer nada, excepto (si alguna vez eso dio resultado ante nuestros padres) pedir y llorar hasta que nos den lo que queremos. Si este camino no es posible, sólo quedará el de resignarnos ante un “designio” que “no nos deja” otra posibilidad.

Esta supervivencia del espíritu infantil puede determinar desde su raíz nuestra forma de ver y encarar la existencia.

Para alguien más o menos maduro, el mundo es como una página donde escribir, un amplio espectro de posibilidades de hacer, de conseguir o no conseguir los objetivos con que sueña. Para alguien que no rompió el cascarón del “efecto padres”, el mundo es un lugar donde nos dan o no nos dan lo que queremos.

Y nos lo den o no, existe desde un principio en “alguien” (Dios, los gobernantes, la sociedad, las personas con que nos relacionamos), el deber de dárnoslo.

Es fácil imaginar cómo vivirá alguien que cree que el mundo y las personas le deben permanentemente algo y tienen la obligación de hacerlo feliz: ante cada momento indeseable vivirá echando culpas, recriminará en vez de dar, pedirá en vez de hacer, desechará a las personas que quiere o lo quieren porque considera que no cumplen con su obligación, buscará una y otra vez otras que de una vez por todas cumplan con eso que tienen que cumplir. No será de extrañar que se divorcie varias veces; no será de extrañar que se drogue para salir del indebido estado de insatisfacción en que vive; no será de extrañar que robe, porque considera que las cosas “le corresponden”, y la falla está en que los demás no se las dieron.

¿Por qué el ser humano suele aferrarse con tanta fuerza a un esquema imaginario que da resultados tan adversos?

En primer término, porque este esquema no es sólo un contenido mental: está rodeado de los sentimientos más antiguos, más básicos, más intensos que posee el individuo.

Abandonar ese esquema sería casi lo mismo que abandonar el hogar: significaría esfumar repentinamente todo afecto y exponerse a la intemperie de la soledad y el desamparo. Se nos vendría encima una carencia indeseable y poco menos que insoportable.

Esa es una razón por la que se tiende a no abandonarlo. Podríamos llamarla la razón afectiva.

Así como en el hombre hay afecto, sentimiento, también hay conocimiento y también hay voluntad.

Por lo tanto, la dificultad para desprenderse del “efecto padres” posee también una razón cognoscitiva y una razón volitiva.

La razón cognoscitiva es sencillamente la falta de conocimiento. Es muy habitual ignorar que los sucesos del mundo no se deben necesariamente a que alguien haya querido que sean así, sino que pueden ser así independientemente de la voluntad de todos, como simple resultado de las leyes de la naturaleza interrelacionándose con la acción de múltiples voluntades que hacen fuerza en distintas direcciones.

Toda esa interrelación de causas y efectos puede generar una realidad que nadie quiso, o en la que algunos impusieron su voluntad un poco más que otros.

Si prestamos atención y adquirimos el conocimiento necesario, podemos darnos cuenta de que vivimos en una realidad que no constituye el plan predeterminado de nadie en especial, y de la cual no hay un culpable en especial (como algunas veces hemos considerado a nuestros padres culpables de que algo no fuera como queríamos).

Esto significaría pasar de una idea simple y fácil, endulzada por la posibilidad de echarles la culpa a otros, a una representación de la realidad más difícil de entender, y en la que no habrá “culpables” sobre los que descargar nuestra furia.

Llegar a esto requiere un esfuerzo intelectual, que puede ser obstruido por la resistencia emocional a desprenderse del esquema infantil, y obstruido también por el tercer factor, tal vez el más serio a la hora de encarar la finalidad de “vivir bien”: el factor de la voluntad.

Porque nuestra manera de suponer cómo es el mundo depende, como tanto se dijo y se vio, de cómo somos, de qué queremos, de cuánto queremos lo que queremos.

Si nuestra voluntad es débil, si lo que más deseamos es vivir cómodos, esforzarnos lo menos posible, nos gustará, nos convendrá mantener vigente el “efecto padres” por el resto de nuestros días.

Así, si no tenemos lo que queremos podemos pasarnos la vida creyendo que “nadie quiso dárnoslo”, que “nadie nos quiso” ni fue bueno con nosotros; que hubo voluntades poderosas y planes maléficos o sobrenaturales determinando que vivamos como vivimos. Y hasta podemos creer que tuvimos ese “destino” porque Dios lo dispuso en vista de que “nos portamos mal”.

Con semejantes ideas, las situaciones más indeseables podrían quedar teñidas de una carga afectiva intensa, casi venerable, que nos lleve a aceptarlas como si fueran la mejor y más bella de las posibilidades.

Si esta inmadurez subsiste impregnará todas nuestras actividades y relaciones: seremos incapaces de aceptar que algo “no se pueda”, buscaremos “culpables” de los más ínfimos contratiempos, y trataremos a todas las personas como un niño maleducado trata a sus padres: les recriminaremos cada segundo en que no alcancemos la máxima satisfacción, viviremos juzgando cualquier suceso en términos de que “nos quieren” o “no nos quieren”, procuraremos doblegar su voluntad llorando o atacándolas.

Esta multiplicidad de padecimientos se volverá la vida habitual de cada persona que no deje esa cáscara afectivo-intelectual-volitiva que alguna vez tenemos que romper, y sin embargo tendemos a conservar como si fuera el más cálido de los abrigos.

Es como hallarse en una casa que nos cobija y nos ofrece un panorama conocido, pero en la cual no hay alimentos. Sentiríamos que sería más cómodo quedarse siempre en ella; pero en seguida descubriríamos que en esas condiciones aparentemente deseables padecemos cada vez más insatisfacción, y sabemos que a la larga no tendremos posibilidad de vivir.

La vida está afuera. Sólo necesitamos atrevernos a desafiar la intemperie, hacer frente a lo desconocido, descubrir cómo obtener alimento con nuestras propias manos y cómo relacionarnos con la humanidad que habita más allá de esas paredes.

 
 
 
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