Asociación independiente

Agradecimiento a los perros y gatos

Se puede suponer que les agradezco que existan y estén a nuestro lado. Tiene mucho sentido, pero es una suposición a primera vista.

Una observación más minuciosa nos revela que, sin saberlo y sin proponérselo, nos están enseñando a vivir.

Una vez nació en los seres vivos la capacidad de pensar, y alcanzó niveles más y más altos en lo que llamamos humanidad.

Ejercitando ese poder creamos el lenguaje y el concepto, tan útiles para hablar con otros como para decirse algo a sí mismo.

De ahí que, a no ser que estemos durmiendo, hagamos lo que hagamos pasamos nuestras horas pensando.

Sabemos de las maravillas nacidas de nuestra capacidad de pensar, y no cabe duda de que valió la pena adquirirla.

Pero nos queda la sospecha de que el pensamiento no deriva exclusivamente en bienes y satisfacciones.

Aquí corresponde evitar otra clásica suposición a primera vista: creer que el lado malo del pensamiento se limita a la capacidad de engañar, despojar, especular o inventar métodos de destrucción.

Paralelamente a las relaciones entre unos y otros existe la relación de cada uno consigo mismo, y el consiguiente poder del pensamiento para perjudicarnos en este terreno.

Es lo que más corresponde atender si nos preocupamos por vivir bien.

Que hayamos desarrollado la capacidad de pensar, y que ésta nos haya llevado a un nuevo escalón de la vida, no significa que pensar sea un beneficio siempre, durante todos y cada uno de nuestros minutos.

Como los cuchillos sirven para preparar comida o para lastimarnos, como los aviones sirven para llegar lejos o para estrellarnos, el pensamiento, esencial para saltar de la vida biológica a la vida humana, es una capacidad con la que nos beneficiamos y a la vez nos arriesgamos.

Además de concebir inventos beneficiosos, además de captar y disfrutar la genialidad de algunos congéneres, el pensamiento puede generarnos infinidad de preocupaciones inútiles, conceptualizar lo que no necesita ser conceptualizado, calificar de maligno o insoportable lo que forma parte de la naturaleza, asignar números y moldes a la felicidad a que aspiramos, y con esto esfumarla cuando la teníamos casi a nuestro alcance.

Quien se ponga a considerarlo encontrará más de un ejemplo en su propia existencia.

Asi que cualquiera de nosotros, viendo a esos animales con que una vez competimos y hoy la pasan tan bien en nuestras casas, puede preguntarse si no nos convendría pensar tan poco como ellos.

Su mirada que muestra más sentimiento que complicación, su simple satisfacción de reposar sin pensar, su amor sin especulaciones, nos sugiere que algo anda en ellos mejor que en nosotros.

Algunos aprecian a los animales como un modo de despreciar a los humanos. Nada más lejos de mi intención. Prefiero el desafío de ser humano, la complicación de ir más allá de lo hasta ahora conocido.

Sé que los animales no cometen tantos errores porque no pueden, y sé que en los humanos hay más ensayo-error para obtener satisfacciones que intención de hacer daño.

No es que los perros y gatos sean más virtuosos que nosotros: es que no poseen la capacidad de pasar del instinto a otro nivel. No tienen a su alcance la superación ni la monstruosidad.

Pensar es saltar más allá de la animalidad hacia "algo" inimaginablemente mejor. Sin embargo, nada hace necesario pensar ininterrumpidamente, durante cada segundo y en cada detalle de lo que vemos.

Ya que somos inteligentes, aprovechemos la inteligencia. Nuestra próxima superación puede consistir en ser más dueños de nuestro pensamiento. Ponerlo en marcha en el momento en que convenga y luego poder dejarlo a un lado, como quien apaga una máquina para descansar.

Pensar más de lo necesario, sepultar en vez de disfrutar nuestro silencio interior, generar con la mente montañas de tonterías o torbellinos de inquietudes inútiles, puede hacer trizas nuestra posibilidad de ser felices.

Mientras tanto, los perros y gatos siguen cada día allí cerca, mostrando que hay más modos de vivir.

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