Asociación independiente

 

Agradecimiento a mis padres y tíos

 
 

Nací en Buenos Aires en 1949; de modo que mi infancia fue en los años 50.

Mis padres y tíos, venidos de Italia en 1924, padecieron una carencia típica de la inmigración: en su mundo habitual no hubo primos, tíos ni abuelos.

Y trajeron sus costumbres, especialmente las relacionadas con Navidad y Año Nuevo. Algunas quedaron un tanto descolocadas por el cambio de hemisferio, como la de comer nueces y turrones en fechas en que hacía un terrible calor.

Otras no estaban sujetas a un lugar, y nosotros, los que crecimos entre ellas, queremos que tampoco estén sujetas a una época.

Porque muchos hábitos que vemos parecen haber dejado de lado la actitud que en un tiempo nos acompañó en las fiestas.

Simplemente las fiestas eran fiestas.

Había deseos de estar juntos, de rodear la misma mesa. De rodearla en el verdadero sentido, no de semirrodearla para que la televisión invadiera una parte y desalojara nuestras voces.

Había deseo de vernos y escucharnos.

Había alegría por servir la mesa, y nunca oímos una queja sobre lo que faltara o dejara de faltar. Nunca oímos decir que para recibir gente hubiera que terminar o modificar la casa, o que existieran impedimentos para recibir a un determinado número de personas.

Como éramos muchos no alcanzaban las sillas; pero nadie lo tomó como motivo para no encontrarnos. Poníamos ante las mesas unas tablas largas sobre dos sillas, y así cabíamos todos.

En el patio de mis tíos las paredes no estaban revocadas ni pintadas. Nadie creyó tampoco que eso imposibilitara hacer fiestas.

Como los 31 de diciembre al caer la noche comenzaban a desaparecer los servicios de transporte, y como nadie de la familia tenía automóvil ni lo creía indispensable para estar con quienes quería, simplemente nos ocupábamos de ir y encontrarnos, sin pensar en volver.

Después de la fiesta dormíamos en el suelo, sobre mantas y colchones. Volveríamos a nuestras casas cuando al día siguente, después del primer almuerzo del año, reapareciera el transporte.

Viéndolo a la distancia, percibo que eso era decidir vivir.

Y percibo que hoy abunda más de lo aceptable la inclinación al "no se puede", la mezquindad ante el desafío de sentirse bien, la idea de "nos reuniremos cuando podamos", la suposición de que son indispensables determinados artículos, determinado presupuesto, determinadas comodidades o determinadas ropas para disfrutar de una fiesta, y hasta la inclinación a no disfrutar, ni siquiera cuando se tiene eso que se cree necesitar.

Por eso, a la hora de desear felices fiestas a quienes lean esto, más que un deseo de que les rodeen circunstancias favorables les envío una incitación a hacer felices las fiestas, a convencer a los demás de que lo deseen de verdad y de que es posible.

No es un llamado a ignorar los problemas ni a esconder las tristezas: es un llamado a estar con los seres que nos importan, a convencernos de que nada es tan poderoso como para separarnos de ellos ni para dejar de hablarles y escucharlos.

No es un llamado a estar alegre por obligación. Puede haber alegría silenciosa, satisfacción de encontrarse con alguien aunque otro alguien esté ausente o la vida no sea en todos sus detalles como quisiéramos.

En el fondo, lo que tiene sentido es que las fiestas sean encuentros entre seres que sienten y sueñan, entre seres que se importan unos a otros.

Que ni la comodidad, ni la conveniencia, ni el miedo ni la inercia se alcen con la victoria; que no acaben sepultando lo mejor que podemos vivir.

No pensemos tanto en qué hay en la casa ni en qué hay en la mesa. Prestemos atención a qué hay en nosotros, y vivámoslo.

Eso que alguna vez vi que se vivía con más ganas sigue siendo tan posible como siempre.

Convirtamos en hechos las palabras que tan a la ligera nos acostumbramos a repetir: felices fiestas.

 
 
 
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