Asociación independiente

 

La falta de dinero y otros problemas

 
 

Estamos tan acostumbrados a que sea el problema que no concebimos que si lo solucionamos pudiera haber algún otro.

Como los animales luchan por comer y no ser comidos, los humanos vivimos en sociedades y queremos la mayor cuota posible de lo que producimos e intercambiamos.

Desde que se inventó el dinero para medir el valor de los bienes, se llama necesitar dinero a desear algún bien que no se tiene.

A todo el mundo le falta dinero para algo.

No podemos decir que no sea cierto: nadie puede comprar todo lo que existe.

Si tal conflicto tiene una salida más o menos cuerda, es empezar preguntándose ¿alguien necesita comprar todo?

Esto no pretende ser la propuesta de los abundantes predicadores que incitan a despreciar los bienes del mundo. Es un llamado a ir más lejos en nuestro interrogante.

Un llamado a descubrir que ese más lejos tal vez sea un más cerca, y lo que por encima de todo necesitemos sea ver qué pasa en nuestro mundo interior, para ser capaces de acomodarlo un poco.

Tal vez baste acomodarlo un poco para dejar de vivir sufriendo.

Crecemos viendo que los mayores se ganan la vida, y nos aconsejan capacitarnos para el día en que nos toque hacerlo.

Ganarse la vida es un problema y casi un drama, porque comida y alojamiento amenazan frecuentemente con dejar de estar a nuestro alcance. Se impone por la fuerza como centro permanente de la atención.

Quien tiene resuelto el mínimo para no sufrir demasiado, ve en seguida otras cosas que le gustarían, y la falta de dinero se le mantiene como un problema a resolver.

Si nos volvemos más capaces de mirar nuestra vida nos daremos cuenta de que este proceso puede extenderse hasta el infinito: nos compraremos algunos bienes pero siempre veremos otros fuera de nuestro alcance.

Si intentamos la solución de ganar más dinero, conseguiremos desplazar el límite a otra altura, pero nunca eliminarlo.

"Nuestra capacidad de desear supera casi infinitamente a nuestra capacidad de obtener".

Entonces, por nuestra propia conveniencia y no por imposiciones morales de otros, conviene que nos preguntemos si vivimos bien en esa carrera por perseguir bienes y desplazar límites, o si existe la alternativa de cortar por lo sano y resolver el problema en nuestra mente.

Si vislumbramos la salida de este hábito mental, podemos encontrarnos cara a cara con un interrogante más profundo: si uno no se dedica a trabajar y comprar, ¿a qué puede dedicarse?

Esto tal vez sea lo más serio, lo que hace que la gente se desespere en una carrera que se inicia para vivir bien pero suele llevar a todo lo contrario.

Muchos de los que viven quejándose de la falta de dinero, y desviviéndose por lo que no poseen, pueden estar haciéndolo porque no tienen la menor idea de qué podrían hacer en lugar de eso.

Y yendo más allá, pueden estar haciéndolo para impedirse a sí mismos formularse esa pregunta.

Decidir vivir consiste en no tene miedo de ese ir más allá.

Sólo hay posibilidad de vivir bien si no se deja nada escondido en el fondo de sí mismo, si se puede mirar, afrontar y esclarecer, o en última instancia darse cuenta de que no se sabe.

La actividad económica es hasta cierto punto una necesidad, un acto de lucha y responsabilidad para no desaparecer, para no sufrir o para no depender del esfuerzo ajeno.

Lo importante es ser capaces de preguntarnos qué hay después de ese cierto punto.

La más de las veces hay un vacío, una ausencia de cualquier suposición de otro problema, porque estuvimos demasiado solicitados por el primero. En otros casos, o escondido detrás de todos los casos, hay un miedo a preguntarse qué más puede haber en la vida.

Ese miedo puede hacernos volver atrás y re-enfrascarnos en el tema de trabajar y comprar. Porque siempre es más fácil eso que pensar en profundidad, y siempre es fácil descubrir algo que todavía no hayamos comprado.

De ahí que haya aversión y hasta odio ante los que sugieren que "hay algo más", o proponen pensar en el tema.

Lo más común es calificarlos de cobardes que escapan del trabajo.

Y la gran complicación del caso es que a veces es cierto.

Se puede decir "en la vida hay algo más" por dos motivos:

Uno es sano y valiente: sentir esa "sed" auténtica, que no se aplaca con trabajo y dinero.

El otro es cobarde: encontrar disgustos en la actividad económica, y pretender fugarse hacia una vida donde no los haya.

Con esto llegamos al punto decisivo a tener en cuenta cuando se decide vivir.

En este terreno, existen dos extremos peligrosos en que cae mucha gente:

Uno es el de establecer la falta de dinero como problema único. Luchar por el dinero cometiendo cualquier atrocidad contra el resto de la gente y contra sí mismo. Esto deriva en obtener mucho dinero y sufrir porque parece poco, y en vivir comprando para pasar inmediatamente a desesperarse por el siguiente artículo que se imagine.

La otra actitud es la de "a mí el dinero no me interesa". Con la que se cree "ser espiritual" o "renunciar" cuando en realidad se está huyendo, evadiendo la complicación de estar en el mundo. Quien actúa así no deja de comer ni de tener dónde reposar; pero lo obtiene a costa de los demás, que continúan trabajando por eso en que él dice no interesarse.

Frecuentemente aparecen nuevos casos de un fenómeno llamativo: por gracia de un juego de azar, o por destacarse en un arte o deporte, hay quienes se encuentran casi bruscamente con un aluvión de dinero. Al principio todo es fiesta. Después, como el gran problema de la mayoría de los mortales se esfumó de su mente, ésta tiene que seguir dedicándose a algo. En algunos casos es el empeño casi obligatorio en disfrutar más intensamente y más ininterrumpidamente de cuanto esté a su alcance. Si antes la insatisfacción tenía una causa visible (la falta de dinero), en adelante lo único imaginable sería que no hubiera instatisfacción; pero de un modo u otro la insatisfacción acaba apareciendo. Esto suele derivar en la sensación de "no estar aprovechando la vida", en una inquietud creciente que lleva a casos de alcoholismo, drogadicción, locura o suicidio. Entretanto, los que padecen cotidianamente la escasez no se explican por qué un rico podría suicidarse.

En síntesis, cuando desaparece el problema de la falta de dinero queda al descubierto todo lo otro, que antes no se veía porque estábamos distraídos, o porque resultaba muy incómodo pensarlo.

Esto tal vez sea la muestra de que ese "algo más" está siempre presente, y de que el gran determinante de la felicidad sea el desafío de hacer algo con nuestro mundo interior, independientemente de lo poco o mucho que hagamos a la hora de trabajar sobre el mundo externo.

Si lo que queremos es vivir bien, desplegar y disfrutar las mejores posibilidades en vez de atormentarnos, necesitaremos poner en su lugar esta idea que nos persigue desde el principio de los tiempos, o al menos desde el principio de la civilización.

Existe el problema de ganarse la vida y existe el problema de qué hacer con la vida. El primero nos exige con la fuerza de la naturaleza, pero generalmente nos tomamos el hábito de cederle la totalidad de nuestra atención. El segundo está ahí aunque lo descuidemos, y cuando sufrimos por haberlo descuidado recurrimos a la salida fácil de creernos infelices "porque nos falta dinero".

No hay más remedio que darse cuenta de que existen los dos, y darle cada uno el espacio que se merece.

Si no, no habrá felicidad ni sensación de acercarnos a ella.

No dejemos que el tema "falta de dinero" enturbie nuestra capacidad de ver, porque enturbiará nuestra capacidad de vivir.

No se trata de un llamado a sustituir esa preocupación por inquietudes escuchadas a unos u otros predicadores.

Es un llamado a mantener esa preocupación en su lugar, a no dejar que invada más porcentaje de nuestra vida que el necesario, y a enriquecer ésta con otras inquietudes.

No las que nos hayan aconsejado otros, sino las que descubramos en nuestra propia aventura de ir a buscarlas.

 
 
 
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