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La creación más notable de la humanidad

Había en el oriente de Africa unos primates, en una selva que fue transformándose en planicie con poca vegetación.

Entonces, para ver más lejos al buscar alimento, comenzaron a ponerse de pie.

Después, como ya no usaban sus manos para colgarse, comenzaron a tomar con ellas otras cosas que no fueran comida, como ramas o piedras que les servían para cazar o defenderse.

Esa práctica incrementó progresivamente su inteligencia.

Y un día se encontraron con que ya no eran una especie expuesta a ser devorada por otras, porque con sus armas y herramientas dominaban al resto de los seres.

En esa nueva condición continuaron sus intentos de mejorar la vida. Cultivaron la tierra, fabricaron objetos cada vez más complejos, y se encontraron con nuevas relaciones y conflictos dentro de su propia especie.

Detrás de cada acto subyace un elemental requerimiento biológico: alcanzar la máxima satisfacción con el mínimo consumo de energía.

Tras alcanzar el objetivo de comer y no ser comido, la inquietud es buscar nuevas satisfacciones..

Y aquí estamos; naciendo en sociedades donde no nos comen seres de otra especie, y donde el modo de obtener alimento es intercambiar el resultado de nuestro esfuerzo por el resultado del esfuerzo de otros.

Tras miles de años de invenciones, nos ganamos el pan invirtiendo una parte de nuestro día. Después, nos queda tiempo para otra cosa.

También podemos desembocar en lo mismo por la vía indeseada: si la sociedad que habitamos no requiere nuestro trabajo nos sobra demasiado tiempo.

Así, sin que ni la naturaleza ni nuestros predecesores lo hayan planeado, nos encontramos ante una creación humana que ni siquiera consideramos creación, que ni siquiera enumeramos entre nuestros inventos, pero juega un papel decisivo en nuestras vidas: el tiempo libre.

Somos algo que nunca había existido: un ser que piensa mucho más que los otros, y, como necesita menos tiempo para obtener alimento, dispone de un período vacío durante cada uno de sus días.

Los animales viven en permanente atención ante el peligro de ser presa de otros. Pero incluso si se reparten la tarea entre congéneres y obtienen momentos de descanso, carecen de capacidad mental para darse cuenta de su no tener nada que hacer.

El hombre se da cuenta de su tiempo libre.

Y aquí llegamos a lo más interesante: el tiempo libre parece deseable, pero necesitamos dar un paso más en nuestro darnos cuenta; porque lo que hacemos con él no es exclusivamente disfrutarlo.

Mucha gente se dedica a lo que parecen ocupaciones, pero en realidad son recursos para rellenar, más bien ocultar el tiempo libre, como para no darse cuenta de que está ahí ni de que está vacío.

Incluso abundan los entretenimientos que no producen real satisfacción, pero sirven para evitar encontrarse con la idea de no tener nada que hacer.

El tiempo libre puede ser la plataforma de lanzamiento desde donde saltemos al "algo más" que intuimos que tiene que ser nuestra vida. Claro que sólo ocurrirá si lo dedicamos a lo que más íntimamente queremos. O, para ser más exactos, si lo que más íntimamente queremos nos lleva a desarrollarnos, a alcanzar algo que no habíamos alcanzado.

Pero, como lo que más íntimamente quieren infinidad de personas es evitar todo conflicto y todo esfuerzo, el tiempo libre se convierte en el ámbito donde acecha un peligro: el de encontrarse con la propia vida y el consiguiente trabajo de hacer algo con ella.

Cuando la cobardía busca esconder la disyuntiva de elegir qué hacer con la vida, ese tiempo supuestamente deseado para el descanso se tranforma en un enemigo al acecho, ante quien lo que menos se puede es descansar.

No tiene sentido preguntarse qué "deberíamos" hacer con el tiempo libre ni "para qué existe", porque no fue inventado deliberadamente ni es fruto de ninguna planificación. Lo generamos al facilitar la tarea de obtener comida y amoldar el mundo a nuestros deseos.

Sin haberlo previsto, nos metimos en un problema o dimos un enorme salto adelante.

Sin embargo, tiene mucho sentido preguntarse qué nos conviene hacer con el tiempo libre.

Podemos darnos infinidad de respuestas, como la de los filósofos griegos que lo veneraban hablando del "divino ocio", o la de los curas medievales que lo agredían sentenciando "el ocio es la madre de todos los vicios".

Lo que importa es qué respuesta se da cada uno a sí mismo.

Y si esto es demasiado difícil, el primer gran paso es no temerle; no tratar de esconderlo detrás de pseudo tareas o de aparentes entretenimientos.

El tiempo libre es el territorio donde uno puede encontrarse a sí mismo, saber qué hace con su vida, saber qué quiere, y preguntarse si realmente está moviéndose hacia lo que quiere.

Si sentimos el tiempo libre como algún tipo de amenaza, es que no decidimos vivir.

Si le prestamos atención, y al sentirlo como un problema intentamos transformarlo y tranformarnos, vamos camino de alcanzar todo lo que puede ser alcanzado.

Incontables generaciones de humanos hicieron sin darse cuenta un prodigioso invento y lo dejaron a nuestra disposición.

Tenemos la gran oportunidad de aprovecharlo.

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