Asociación independiente

 

El miedo a la vida y las opciones ante él

 
 

Escuchar hablar del miedo a la muerte no despierta ninguna incógnita: los seres vivos están programados por la naturaleza para continuar vivos.

Pero en algún momento se nos menciona el miedo a la vida; o lo deducimos de la conducta de alguien, o llegamos a sospecharlo en alguna actitud propia.

De ahí nace una incógnita nada simple: ¿no sería imposible temer los dos opuestos a la vez?

Un elemental principio lógico, ya enunciado por Aristóteles, nos dice que "dos afirmaciones contrarias no pueden ser verdad al mismo tiempo y en el mismo sentido".

Como no podemos negar esto, la salida es revisar eso de "en el mismo sentido".

Entonces nos sorprende el espectáculo de la multiplicidad de sentidos en que suele entenderse, o sentirse, eso a lo que aplicamos el sencillo nombre de vida.

En el sentido biológico, vida es lo opuesto a muerte. Lo de miedo a la vida no puede referirse a esto.

Si lo entendemos como miedo a lo que puede pasarnos en la vida (sufrimientos, pérdidas, etc.) le vemos un poco más de sentido; pero nos damos cuenta de que no cabe llamarlo miedo a la vida sino de miedo a la adversidad.

Sólo cabe hablar de miedo a la vida cuando se concibe vida en un sentido más amplio, más profundo, más humano; cuando se intuye que no se trata de miedo a padecer, sino de miedo a hacer.

En ese sentido profundo y humano, la vida se nos presenta como un desconocido territorio; un territorio que, paradójicamente, se extiende en el tiempo.

Un territorio que podemos recorrer con pasión, curiosidad y entusiasmo, un territorio en el que podemos construir, disfrutar, crecer, conseguir...

También nos damos cuenta de que parte de lo que hagamos puede salir mal. Podemos más de una vez intentar y no conseguir.

Y sabermos que eso representará sufrimiento.

Y hasta presentimos, y a veces experimentamos, una posibilidad más extrema: podemos conseguir lo propuesto y darnos cuenta de que no nos hace tan felices como suponíamos.

De ahí que, pasada la impetuosidad infantil o adolescente, aparezca esa sensación de miedo; no ya a lo que nos pase, sino a lo que hagamos.

Una vez desencadenado este conflicto, para algunos visible y para otros escondido donde no se atreven a mirar, hay diversos modos de responderle.

Como el miedo a la vida nace de ver ésta en un sentido profundo y rico, y de la posibilidad de hacer, una respuesta simple y bestial es quitarle a la vida su profundidad y su riqueza, y paralelamente dedicarse a vivir sin hacer.

De ahí que tan a menudo veamos gente creyendo que vivir consiste en no morir, y dedicándose a pensar en qué comerá para no enfermarse o qué se comprará para estar más cómoda.

Mientras, la variante del no hacer lleva a un triste espectáculo que vemos a diario: el de los que creen que todo lo bueno ocurrirá sin que ellos intervengan, o que hagan lo que hagan no va a ocurrir jamás, o el de los que viven repitiendo "no hay nada que hacer...", porque los que pueden hacer son otros, "los poderosos", "los elegidos", pero no ellos.

Tanto la variante optimista como la pesimista coinciden en su motivación inconsciente; porque "El optimismo y el pesimismo son dos debilidades con un mismo objetivo: imaginar un mundo donde no haga falta luchar".

Como el entusiasmo desbocado e irreflexivo es la instauración del optimismo como gobierno de un individuo, la posibilidad opuesta es la instauración del pesimismo, y de la variante más fea del miedo a la vida.

De nuevo nos encontramos con una observación de Aristóteles: "entre dos extremos viciosos hay una posibilidad virtuosa; no un simple término medio sino un vértice situado por encima". En este caso, el de vivir la vida con plena dedicación; sabiendo que no carecerá de decepciones, pero no por eso dejando de amarla, no por eso evadiéndola ni negándola por miedo.

En síntesis: si se reduce la vida a un ínfimo sentido biológico, en el que un humano no se diferencia de un vegetal, y además se suprime la posibilidad de hacer, el resultado será una aparente ausencia de miedo a la vida, porque éste habrá quedado ignorado, camuflado o disimulado.

Pero la vida habrá quedado empobrecida, aplanada a tal nivel que quien tenga algo más de humano que de vegetal se rebelará.

Ante estas alternativas cabe preguntarse ¿Qué vida quiero yo?

Pero responderse no tiene que ser el último paso.

Vivir es hacer. No por lo que se vaya a conseguir, sino porque cuando se hace se vive.

 
 
 
Ver otras editoriales
 
     
  ¿Qué significa
decidir vivir?
  Finalidades del club
  Editorial
  Editoriales anteriores
  Foros
Frases de los que
decidieron vivir
  Encuesta 1
  Encuesta 2
  Obsequio
Volver al inicio