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Contra la felicidad   

 

 

Eric G. Wilson publicó en 2008 un libro con este llamativo título.

Al desentrañar el porqué, sentimos que no podemos dejar de rebelarnos contra lo mismo que él.

Considera que en EEUU hay una "epidemia" de obsesión con la felicidad (esto no deja de ser cierto en otros lugares, mientras la prioridad no sea buscar de qué vivir).

De la aspiración silenciosa a "lo que necesitamos en lo más íntimo" se ha pasado a una imposición colectiva demasiado mentalizada, que impone a cada individuo la obligación a "alcanzar la felicidad" y no aceptar (ni siquiera temporariamente) una situación en que no se sea completamente feliz..

Cuando en las entrevistas televisivas se pregunta a alguien "¿eres feliz?", lo habitual es que conteste "sí...", para no parecer una persona incapaz o para no menospreciar a sus seres queridos, pero nadie está seguro de que sea lo que se contestaría a sí mismo.

Paralelamente al vivir buscando libros para encontrar en alguno el verdadero mapa que conduce al tesoro, se ha trazado una idea de la felicidad que Wilson juzga pavorosamente pobre y superficial: una felicidad consistente en "tener un buen día", en "una vida libre de problemas", en comodidad, en alegría ininterrumpida, en ausencia de hechos indeseables, en ausencia de inquietudes y, lo peor, en ausencia de cualquier cuestionamiento.

En seguida ese modelo de felicidad empieza a caernos mal.

El hombre viene desde siempre aspirando a "algo más", y en esa búsqueda vive dramas que en uno y otro caso han dado lugar a los pensamientos y sentimientos más valiosos de los que tenemos noticia.

Entonces, esa sustitución de la aspiración a "algo más" por un apagado "nada más" nos hace sospechar que ese modelo "simplificado" de felicidad lleva al hombre a dejar de ser hombre.

Si se cree que la felicidad consiste en "apagar" nuestras inquietudes más profundas como si fueran un error o un peligro, llegará el momento en que nos "apaguemos" como seres que buscan, preguntan y sienten.

La felicidad verdadera, con mayúsculas, tiene que ser lo que viene "después", al otro lado de esas inquietudes, y de ningún modo lo que está antes, lo que resulta al "desactivarlas" como si con tal precaución mejoráramos la existencia.

Wilson hace una defensa de ese estado interno dogmáticamente evitado por los partidarios de la felicidad superficial: la melancolía.

Y presenta la melancolía, esa mezcla de tristeza, miedo, inconformidad y cuestionamiento, como el motor de lo más brillante que haya logrado el género humano.

No seríamos humanos si nunca se nos despertara esa atormentada inquietud por "algo más".

Algunos comentaristas mencionan novelas como "Un mundo feliz" y "Fahrenheit 451", donde se pintan sociedades que procuran la felicidad colectiva mediante el recurso de volver al hombre más simple, como ejemplo de lo que Wilson quiere combatir.

En última instancia, este autor exalta la posibilidad de inquietarse, atormentarse e interrogarse, como lo más propio del hombre cuando es hombre en toda su dimensión.

Llama a vivir en el más noble significado del término, y advierte que la creencia de que "vivir" es sentirse obligado a ser feliz, y de que ser feliz es una simple ausencia de malestares, es un liso y llano empobrecimiento de la existencia y de la condición humana.

Y finaliza su obra advirtiendo "Promover la sociedad de la felicidad absoluta es fabricar una cultura del miedo".

Como si todo lo observado fuera poco, esa obsesión por la felicidad medible, completa e ininterrumpida, se convierte en el mayor obstáculo para alcanzar algún grado de felicidad real.

De tanto preguntarse uno mismo a cada instante si es feliz, de tanto comparar su vida con "eso" que le dijeron o supone, se autogenera más malestar cada vez que se responde.

Es como "esforzarse" por dormir: si uno lo toma como necesidad inmediata, y pone la atención en si comenzó a dormir o no, el efecto invariable es no dormir. Sólo se duerme al desactivar ese esfuerzo y esa pregunta.

Es como la actitud de quien mira constantemente a cuánto cotizan sus bienes: aunque sea rico se siente pobre y amenazado.

Si "la felicidad" se vuelve una inquietud colectiva y apremiante, la gente se pasará cada segundo preguntándose si es feliz y se dirá que no, porque se dará cuenta de que en todos los casos le falta algo, ya sea el artículo que no se pudo comprar o esa supuesta paz interior con la que esperaba encontrarse.

Los libros con "fórmulas para ser feliz" siguen valiendo la pena. Esto no es una propuesta de quemarlos como en "Fahrenheit 451". Simplemente hace falta dejar de considerarlos una propuesta inmediata e impostergable.

Lo verdaderamente útil que suelen decir esos libros es que dejemos de maltratarnos con el pensamiento.

Tal vez nos maltrate el mundo y lo que sucede en él. Pero si no nos maltratamos nosotros, si somos dueños de lo que pensamos, el mundo no nos llevará forzosamente a la infelicidad.

Tal vez baste con evitar la infelicidad que generamos con nuestros desórdenes y descuidos, y dedicarse a vivir en el más rico sentido que podamos concebir, con melancolía e incertidumbre incluídas.

Y casi sin darnos cuenta nos sentiremos bien, porque nos llevaremos bien con lo que hay en lo más profundo de nosotros.

Tal vez sea eso lo que necesitemos.

Tal vez ya lo tengamos, y empecemos a disfrutarlo cuando no nos lo preguntemos.

 
 
 
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