Asociación independiente

 

Construir, distraerse o destruir

 
 

Con poca o mucha precisión, con poca o mucha fantasía, cada persona alberga cierta convicción sobre lo que más quiere.

Si su fantasía no es demasiada, se da cuenta de que deberá trabajar sobre el mundo, por medios no siempre visibles ni imaginables, para satisfacer su aspiración.

Si va más allá y pasa al primer intento, puede descubrir que éste no fue acertado o no fue suficiente, y que eso que desea demanda una sucesión de esfuerzos, reflexiones, reinicios y redirecciones de la marcha.

Ese proceso de trabajo, imaginación y auto-despliegue, sean cuales sean sus detalles o su resultado, puede resumirse bajo el nombre de construir.

Construir es el único camino posible hacia lo que queremos. Incluso cuando se vuelve un camino imposible, porque quisimos algo desmedido o absurdo, la actitud de construir es el único camino sano.

Ese camino sano, aun si no se le pide el pleno logro de lo propuesto, es difícil, y, por consiguiente, un camino poco transitado.

Y tal vez sea un camino poco transitado por falta de combustible.

El combustible es en este caso la voluntad.

Mucho se discute sobre por qué unos sujetos tienen más voluntad que otros; por qué algunos quieren lo que quieren con más intensidad que otros.

Un factor que parece decisivo, aunque no hay que creerlo único, es la formación emocional y psicológica de cada individuo; el aliento recibido en sus primeros años para que tienda a disfrutar, a amar, a moverse hacia lo que sienta como lo mejor de la vida.

Si en su familia hubo amor y hubo satisfacción por cada paso adelante de cualquiera de sus integrantes, lo más natural es que aspire a objetivos buenos, confíe en su posibilidad de alcanzarlos y se mueva hacia ellos.

Hay que recalcar que además de amor hace falta esa satisfacción por los pasos adelante. Si se entrega a los hijos todo hecho sin alentarlos a dar pasos, se volverán personas cuya mayor preferencia sea la de no hacer nada.

Por otra parte, la falta de amor en esos primeros años puede dar por resultado el desaliento, la falta general de ganas, la falta del combustible que lleva a una persona a construir.

Estos y otros factores determinan que unas personas se dediquen a construir y otras no.

Son factores a tener en cuenta al tratar con los hijos. Pero cuando lo que tratamos es qué hacer con nuestra propia vida pertenecen a un pasado que ya no podemos retocar: sólo nos queda ver qué hacemos de ahora en adelante.

Haya sido como haya sido su pasado, es uno mismo el responsable de lo que hace. Si dice que por cómo pasó su infancia hoy no tiene ganas de construir nada, puede estar en lo cierto; pero es igualmente cierto que hoy
está decidiendo no construir.

Cada uno es responsable de lo que decide y de sus consecuencias.

Aunque en lo que decide haya una gran incidencia de cómo fue educado, no es imposible independizarse de esa influencia.

En medio de todo lo que pueda decirse sobre esa diversidad de factores, nos enncontramos con que en cada persona existen deseos, y existe la posibilidad de hacer algo serio por ellos.

El calificativo de construir tal vez dependa exclusivamente de ese hacer algo serio. Quien encara seriamente el intento de plasmar los propios sueños está construyendo, cualquiera sea el resultado que obtenga.

Quien no lo encara seriamente, quien no decide desde lo más íntimo construir, desemboca en opciones terminantemente insanas: distraerse o destruir.

¿Cual es el punto del “desvío” hacia esos carriles insanos?

Tal vez debamos comenzar sabiendo que hay quienes nunca estuvieron “encarrilados”. Ya desde su infancia se podía ver que no albergaban sueños respecto a algún futuro que construir, preferían la satisfacción de no hacer nada o tendían a la agresión y la destrucción.

Si no se padece estos grados máximos del problema, en algún punto se presiente que construir exige un esfuerzo interno para esbozarse un objetivo y planificar algún camino hacia él. Exige la decisión de dar el primer paso y luego la de mantenerse en marcha.

Siempre hay que decidir algo incómodo para la mente, el sentimiento o el instinto. Siempre hay que lanzarse hacia algo que puede salir bien o no. Siempre hay que exigirse, molestarse, arriesgarse.

De ahí que cuando escasea el combustible de la voluntad se prefiera en seguida el desvío hacia el entretenerse. En otros casos se intenta construir, pero puede ser que la incomodidad experimentada o presentida lleve a autoconvencerse de que es mejor hacer otra cosa, o quedarse en la situación en que se está.

Construir no es simplemente trabajar para vivir, aunque trabajar para vivir sea una parte de la actitud sana. Construir no es mantener ni permanecer; es siempre ir hacia algo nuevo, algo mejor, que nunca se hizo y nunca se vivió.

De ahí que también puede haber miedo a ese algo nuevo, que en vez de satisfacciones podría acarrear contusiones.

El resultado de esta dubitación puede ser la derivación hacia la actitud de distraerse, de no encaminarse a ese algo nuevo que en algún momento se intuyó, y decirse que la vida tal como es ahora “está bien”, que no hace falta otra cosa.

Como todo caso en que no se satisface una necesidad, esta derivación desembocará en insatisfacción, y el no atreverse a combatir de raíz contra la insatisfacción llevará a redoblar el esfuerzo por creer que no hace falta cambiar nada.

Es muy habitual encontrarse con seres que al terminar el horario de trabajar para vivir, de hacer lo que les exigen otros, inician inmediatamente el horario de distraerse, de hacer algo que desean, pero no lo que desean en lo más profundo de su ser.

Es visible que no disfrutan como quien hubiera satisfecho la mayor de sus aspiraciones. Simplemente están haciendo lo más cómodo. En cuanto a su verdadera aspiración mayor, la esconden como si no exisitiera, como si su vida actual fuera la totalidad de lo que desean, o bien se dicen, y le dicen a cuantos le rodean, que quisieran otra vida pero ésta no les llega, por razones siempre ajenas a su voluntad, inmodificables por cualquier acto que emprendan.

Quien se haya autoatrapado en este esquema, como no vive satisfecho ni se permite ver un camino hacia otra cosa, no encuentra otra salida que la de más distracción.

De ahí que lo que debiera ser una palabra fea se haya transformado en casi sinónimo de satisfacción. Se habla de distraerse como de una actividad deseable y loable, no como de un recurso lamentable o de un autodespojo.

La diferencia entre distraerse y destruir parece una simple cuestión de intensidad. Cuando la insatisfacción por carecer de lo que se quiere es demasiado intensa, cuando no se la puede soportar ni disimular con la distracción, se convierte en un torrente que rompe toda contención y salta contra el mundo exterior.

El que se distrae se abraza a una satisfacción tenue y lenta. El que destruye quiere una satisfacción total e inmediata. No puede pensar en destruir después: sólo puede vivir descargando furia.

Es una descarga de tensión más efectiva que cualquier distracción, pero en última instancia sigue sin satisfacer lo que en lo más íntimo se quiere. De modo que, como la distracción, la actitud de destruir necesita ser permanente.

Es simplemente la actitud de golpear, física o psíquicamente, a personas o cosas. Por más que se destruyan cosas, situaciones o relaciones, la actitud de destruir nunca llega a un punto de finalizaciónen el que haya destruido todo lo necesario.

Eso sería el equivalente a ganar una guerra, a terminar con un problema. Pero ganar una guerra es el fruto de una autoexigencia, en última instancia muy parecida a la de construir.

Quien se dedica a destruir para evitar construir no necesita arrasar con algún problema, sino continuar siempre con lo mismo. Incluso si hubiera destruido todo su entorno, buscaría otro sobre el que descargar nuevos golpes.

La actitud de destruir no significa invariablemente violencia física. Mucha gente a la que se podría llamar pacífica en realidad vive destruyendo. Lo que en última instancia define las actitudes son los pensamientos.

Se puede vivir pensando en cómo alcanzar la realidad que se desea, o pensar para distraerse, o convertir cada pensamiento en un acto destructivo.

Como el que se distrae piensa infinidad de temas por simple entretenimiento, y tiende a verse como alguien que disfruta, el que destruye piensa y habla permanentemente contra la realidad, contra las personas que le rodean y contra la humanidad en general. Tiende a verse invariablemente disgustado. Cada pensamiento suyo es un golpe para quebrar una posibilidad de construir, para hacer sufrir a alguien o para desmerecer a cualquiera de quien se hable.

Basta escuchar a alguien unos minutos para darse cuenta de si es de los que construyen, de los que se distraen o de los que destruyen.

Sin embargo, que existan tres actitudes no quiere decir que existan tres bloques inmodificables de personas.

Las actitudes pueden alternarse dentro de las personas. Y son las personas las que pueden elegir entre someterse a su dominio o desterrarlas.

Los que construyen suelen tener sus momentos de distracción o abatimiento. Cuando un intento no resulta bien, nacen en la psique la inclinación a pensar en otra cosa o la de empezar a golpear. Lo importante es no obedecerlas más de la cuenta. Esto no es demasiado malo si es transitorio, si luego de tomarse un descanso se retoma el trabajo por lo que se quiere.

Tanto la actitud de distraerse como la de destruir necesitan repetirse constantemente, no darse tregua, impedir el posible momento de lucidez en que se percibiría la propia vida, sus carencias y la posibilidad de encararla de otro modo.

El individuo poseído por alguna de ellas sólo conocerá la quietud al caer rendido y dormir. Y luego de descansar, nunca del todo bien, necesitará retomar imperiosamente su actitud habitual.

Si uno se descubre a sí mismo como practicante de alguna de las opciones evasivas, el primer paso positivo que puede dar es no creerse condenado a ella.

Lo único que hace falta para ingresar a la opción de construir es tener ganas de hacerlo.

Si comenzamos a intentarlo con seriedad, aunque las otras inclinaciones se apoderen momentáneamente de nosotros podemos ir desterrándolas por la vía de vigilarnos e impedir su despliegue.

Si mantenemos en el tiempo esa actitud, descubriremos que nuestra vida interna va convirtiéndose en una corriente que fluye naturalmente hacia actos constructivos. Casi sin darnos cuenta habremos tomado el hábito de dirigir nuestra atención hacia el próximo paso rumbo a lo que más nos importa.

 
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