Asociación independiente

A los que quieren que se acabe el mundo  

 

 

El Museo del Libro de la Universidad de Sajonia, en Dresde, debió ampliar sus horarios, porque exhibe un códice maya del año 1250 y cada vez más gente quiere ir a "desentrañarlo".

Los mayas, que observaban mucho el cielo, mencionaron entre otras cosas ciclos de 5125 años en que los astros volvían a una misma posición. Y pusieron énfasis en el ciclo en que vivían, que para nuestro calendario va del 11 de agosto de 3114 aC al 21 de diciembre de 2012 dC.

Como para ellos quedaba mucho tiempo dentro del ciclo, no se ocuparon de mencionar nada posterior a él.

Inmejorable oportunidad para una rápida conclusión: el 21 de diciembre de 2012 se acabará todo.

Cada tanto sale a rodar una nueva predicción o profecía sobre el fin del mundo, con fecha invariablemente más cercana que la presumible muerte natural de quienes la escuchan.

Como suponemos que los seres vivos quieren continuar vivos, tiende a sorprendernos la adhesión que con tan poco fundamento cognoscitivo despiertan estas predicciones.

En vista de que, exceptuando los que estudiaron mucho y consiguieron saltar sobre las diferencias de mentalidades, sabemos muy poco sobre los mayas, lo único serio que cabe decir es que si alguien piensa que predijeron el fin del mundo es porque tiene ganas de pensarlo.

Como esto no pretende ser un tratado histórico ni cosmológico, nos limitamos a preguntarnos por qué hay tanta inclinación a pensar que pronto se acabará el mundo.

Lo primero que podemos ver en quienes adhieren a estas ideas es su dependencia anímica de los factores externos. En vez de concentrarse en qué hacen o harán ellos, viven pensando en qué pasará, y se convencen de que lo bueno o malo de sus vidas llegará por cualquier vía que no sea su propia iniciativa.

Es muy posible para cualquiera, y más para los que no toman iniciativas, sentir disgusto con el mundo. Ante esto, ya que modificarlo uno mismo es complicado, la salida más fácil es adherir a la idea de que "algo cambiará".

Lo habitual es fantasear con una herencia, un premio de la lotería, un gobierno que "cambie las cosas", el advenimiento de un mesías que las cambie aun más, o el de una "nueva era" en que los humanos sean lo que no son ahora.

Sin embargo, no es raro que un mayor nivel de disgusto encienda el deseo de golpear, y se pase de imaginar cambios agradables a querer los más vengativos y violentos. Unas veces se pretende golpear a ese mundo que nos maltrata; otras, se golpea a las personas diciéndoles que morirán.

El máximo nivel de ese sentimiento sería la destrucción de todo lo existente. Y en vista de que "todo lo existente" no significa hoy lo mismo que en otros tiempos, la materialización más "razonable" es la destrucción de este planeta.

Nadie pasó a la acción para destruir el mundo. Pero basta con que alguien "profetice" esa posibilidad para que la idea le caiga bien a infinidad de personas.

Es como una promesa del espectáculo ausente en la vida de los que no hacen. Un drama catastrófico, donde uno desaparezca pero los malos tengan su merecido, puede tener más gracia que una vida cotidianamente vacía.

Detrás de esto puede esconderse el deseo de morir para acabar con los problemas. En tal caso, suena más aceptable una muerte no decidida por uno mismo, una muerte sin dubitaciones, y, mejor aun, una muerte donde todos nos acompañen.

Como el impulso íntimo es más bien abstracto, se limita al anhelo de terminar con los padecimientos presentes. Si bien esto coincide con la idea del fin del mundo, no siempre el deseo real es que acabe toda oportunidad para todos. De ahí que esta profecía adquiera variantes más livianas, como la de "se van a salvar los buenos", o "se acabará el mundo como lo conocemos hoy, pero continuará de otra manera".

Como en el fondo se está pensando lo que se desea, la predicción inicial se trastoca en múltiples modelos, con variantes para todos los gustos.

Si intentamos ver qué tienen en común esas variaciones, nos encontramos con que, sean espeluznantes o esperanzadoras, inciten a desentenderse de todo o a abrazarse a algo, todas consisten en referencias, generalmente espectaculares o dramáticas, a algo que "pasará", y no a algo que uno hará o deba hacer.

Y coinciden en algo que nunca varía: el fin de los padecimientos actuales.

De modo que esa idea sobre lo que nunca pasó sirve para contrarrestar lo que pasa todos los días: acontecimientos que no nos gustan, o, peor aun, ausencia de acontecimientos.

Este es el ambiente mental de los que viven dependiendo de "lo que pasará", y esperando que tal o cual cambio les aporte lo que no hay en sus vidas.

Hay quienes siguen hasta el fin de sus días en ese estado de esclavitud y autoanulación impuesta por la costumbre.

Y hay quienes emergen, al finalizar su infancia o más adelante.

La actitud de decidir vivir es precisamente la de haber salido de esa dependencia, la de decirse qué se quiere para la propia vida, y en vez de esperarlo empezar a hacerlo.

Cuando alguien decide vivir no se queda jamás en el asiento de espectador y "esperador" de acontecimientos. Puede que lea las noticias como cualquier otro, puede que vote a un candidato para que haga algo bueno por la sociedad, pero sabe que su vida depende de lo que haga él mismo.

Y no le importarán las predicciones sobre el futuro. Porque el futuro es algo que hace uno.

Si en su vida hay padecimientos, hará algo serio para desterrarlos. Si su vida está vacía, no mirará si se acerca algún espectáculo, agradable o catastrófico, para darle la gracia que le falta. Unas y otras fealdades se pueden eliminar produciendo con la propia acción eso con que se pretende llenar la vida.

Incluso si fealdades y padecimientos se resisten a ser extirpados, el que se dedica a vivir, a decidir y a actuar, se sentirá bien consigo mismo por intentar lo que desde el fondo de sí se propuso.

Cuando se toma la vida como algo a hacer y no como algo a mirar, quedan a inusitada distancia las voces de los que presagian nuevas eras de felicidad gratuita o finales imposibles de evadir.

La vida se ve como un extenso territorio frente a uno.

Para algunos, entrever ese vacío es tan aterrador que al siguiente segundo están anulándolo mentalmente. Ante esa urgencia todo es aceptable, incluyendo la muerte particular o colectiva. De ahí el hábito de esperar sucesos que llenen la vida de cualquier cosa con más sabor que el aburrimiento.

Cuando en vez de esperar se trabaja por llenar la vida con lo que se quiere no hay aburrimiento.

Esa es la fórmula para independizarse, en lo más profundo de uno mismo, de la maraña de suposiciones y predicciones sobre "lo que pasará".

En la medida en que alguien posterga la propia iniciativa y deja su vida sin vivir, se aferra más al mundo de los augurios y predicciones. En la medida en que alguien decide vivir, le importa cada vez menos que haya gente prediciendo o profetizando.

Dediquémonos a vivir, en este mundo que no sabemos cuánto durará pero contiene algo que vale la pena encontrar.

Feliz 2013.

 
 
 
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